Dicen que el 21 de diciembre de 2012 el mundo se va a terminar. Las profecías atribuidas a los Mayas han provocado pánico luego que la insuperable imaginación de los norteamericanos materializó en película la tragedia que se anuncia.

Aquí en Rio Grande do Sul, un prefeito, en la bucólica ciudad serrana de São Francisco de Paula, prepara el territorio municipal para garantizar la sobrevivencia de su pueblo, incluso con la reserva de víveres desde ahora.


Aunque no crea que estemos a cinco meses del final de todo, aproveché unos pocos días de descanso del trabajo y me trasladé desde la capital gaúcha hasta el Lago Merín. En esa pequeña área escondida en el rincón sur del mapa uruguayo, hay una gente media rara, gente que ya circuló por el mundo, dio su mensaje y resolvió esperar su hora a la orilla de aquella que es señalada como la segunda mayor laguna de agua dulce del mundo. Puede incluso que no sea la mayor, pero que es linda y especialmente ubicada, eso nadie lo puede negar.

Lago Merín: Um lugar para o fim do mundo

Es un lugar desprovisto de los atractivos turísticos clásicos. Los 20 kilómetros que separan Río Branco del Lago, de a poco van anunciando el perfil del lugar. Los ranchos humildes van quedando atrás y a los dos lados de la banquina de la carretera, se alternan los bueyes, vacas, terneros, ovejas y caballos. Es la primera parte de la tarjeta postal que se completará en la orilla del Lago Merín.

Atestiguando el deslumbramiento que la escena rural va ofreciendo al visitante, sea al amanecer o al final de la tarde, las nubes de aves sobrevolando el cielo en varias direcciones completan el escenario increible de esa casi ignorada localidad de veraneo que atrae a uruguayos sabios y brasileños locos.

El pueblo, que en invierno se resume a unas 500 personas con residencia fija, se adormece en los tres meses de frío. Las bajas temperaturas acortan aún más el día que, después de las cinco de la tarde, ya se convierte en noche. Circula por las estrechas calles quien va o vuelve del trabajo, los basureros y los conductores del ómnibus que cruza la calle principal tres o cuatro veces al día, llevando y trayendo a aquellos que residen en el Lago pero se ganan el pan en Río Branco e incluso en Jaguarão.

Los ladridos de los perros insultan el silencio de la larga noche en la costa de la laguna. Los pocos niños se divierten como pueden, arrastran las bicicletas por la arena o se hamacan en la placita central. Hay gente valiente que hace caminatas matinales o vespertinas, desafiando a los termómetros que se mantienen en los índices próximos a los cero grados.

En ese escenario campestre, donde el tiempo se detiene, no puede provocar asombro la presencia de una tropa de ganado conducida por gauchos sencillamente cruzando el estrecho Puente Angosto, poco antes de la entrada al poblado. Apoyados en los mangos sobre el arreo, la peonada conduce sin apuro a la tropa, que cruza de un campo a otro a través del pequeño puente. Los cuscos camperos hacen su parte y la travesía se completa sin ninguna res desgarrada. Al borde de la carretera, como un personaje intruso en la escena, espero la liberación de la carretera y casi me avergüenzo por la presencia del auto invadiendo ese bucólico paisaje.

El borde de frondosos árboles, musicalizados por la orquesta de pájaros pintados; iluminada por el sol del mediodía del invierno reflejándose en los pastizales levemente verdosos, quemados por la helada; la suave brisa de viento helado avisando que el frío va a continuar. A través de las chimeneas de las casas, la leña quemada en las estufas deja un agradable y característico aroma en el aire.

El Lago Merín es un escenario perfecto para esperar el fin del mundo.

Jornalista Francis Maia/Reg. Prof. 5.130

Cotizaciones

Buscar